La salida a hombros del pasado domingo en la Plaza México, ha sido posiblemente la más emotiva, pero a la vez la de más tensión para el jinete navarro. La maraña de gente que quería acercarse al jinete, a tocarle, a que les firmase algo, a hacerse una foto o simplemente a estar cerca de su ídolo hizo que el camino entre la plaza y su vehículo que ya de por sí es largo, en esta ocasión fuese casi eterno.

 Más de treinta minutos tardó en meterse en la furgoneta en un recorrido en el que los costaleros (eran varios porque se iban cambiando dada la larga distancia y el desgaste acumulado) mucho rato no podían avanzar y eran frenados por la muchedumbre que llenaban la calle de salida del coso capitalino.

 Entre gritos de ¡torero, torero¡ el jinete se elevaba entre la gente, pero cada paso era un triunfo y cada metro el mayor de los logros.

 Cuando por fin Pablo llegó a la furgoneta y consiguió meterse, el problema fue separar a los seguidores de ella y poder cerrar la puerta y avanzar, porque toda esa gente ahora rodeaba el vehículo y seguían queriéndose acercar a la ventanilla del estellés.

 Una vez en el Hotel, se pudieron comprobar las secuelas de la entrega de los aficionados porque la furgoneta llegó con la puerta abollada y desencajada de sus cierres y Pablo con la chaquetilla del traje y las polainas totalmente desgarradas.

 De cualquier forma, vivir una sensación como esa y una entrega tan sincera de los aficionados bien vale la tensión y los desperfectos sufridos.